La mala construcción (I), las herramientas.


Solemos considerar que todo aquello que se construye y se sostiene está bien ejecutado, que la solidez es la virtud principal de una construcción y medimos esa solidez en años de pervivencia, pero basta una mirada con algo de interés para observar que no hay nada más sólido, nada que perdure más que el error. Habrá quién cuestione este argumento inicial que no es más que una introducción a una búsqueda exhaustiva y, hasta donde como humano sea capaz, desapasionada.
Construir, en realidad el manejo de las herramientas, demuestran un grado de consciencia superior al de aquellos seres vivos que no son capaces de usarlas o no muestran ningún atisbo de interés por su uso. Luego diríamos que la primera característica del constructor tendría que ser la habilidad. La pericia en el manejo de las herramientas que nos permitan desarrollar una tarea debería de ser la primera necesidad del constructor.
No cabe duda, creo que a casi nadie le cabrá, de que la pericia es muy importante, pero nunca puede ser la base. Posiblemente el error sea propio de nuestros tiempos, posiblemente no nos preocupe de nuestras herramientas otra cosa que cogerlas y ponernos a practicar con ellas, pero tal vez, yo estoy seguro, podamos identificar esta idea como el primer error de alguien que pretende llegar a constructor. Un error propio de nuestros tiempos, pero no por ello menos disculpable. Las herramientas del constructor no brotan en el jardín de las herramientas y solo hay que esperar a cosecharlas, ni basta con ir a la ferretería o la tienda de bricolaje de la esquina y pagar por ellas.
No, las herramientas del verdadero constructor deben de estar construidas por él mismo, deben de adaptarse a las características físicas, o morales, de quién va a manejarlas. Deben de tener las características operativas necesarias para que su usuario pueda desarrollar de la forma más eficaz posible su labor.
Y de aquí suele partir el primer gran error del  mal constructor, del uso de unas herramientas ajenas que no siempre se adaptan a su fuerza, a su percepción o a sus características personales. ¿Sería eficaz una maza que tuviera un mango demasiado corto, o demasiado largo, para la fuerza del brazo del operario? No, sus golpes carecerían de fuerza, o de precisión, o de ambas cosas. La longitud del mango de la maza debe de ser determinante para optimizar la eficacia del trabajo de ese operario. Y si eso sucede con el mango, ¿que no será del peso de la cabeza que incide de manera determinante en la trayectoria y en el control de la fuerza? 
Y este argumento se apoya en una de las herramientas de menor precisión en la tarea de construir, una herramienta que la naturaleza provee básicamente sin necesidad de mayores aventuras tecnológicas. Basta una piedra, un hueso, un palo, para golpear otro objeto. Pero si esto fuera así ¿para que inventar herramientas más sofisticadas? Simplemente porque su eficacia cuando se pretenden unos logros mayores es nula.
El segundo gran error, cuando se llega a identificar el primero, es como construir la herramienta. La mejor forma de construir algo, perdón, la más cómoda, es copiar otra herramienta. Fácil, rápido y no gasta energías. Ni se cometen errores. Pero con este sistema habremos vuelto al primer error, la herramienta construida será aquella que era eficaz para el operario que la construyó, siempre y cuando el operario anterior no hubiera ya cometido el error de copiar su herramienta, pudiéndose extender entonces el error indefinidamente.
Evidentemente cuando un operario se enfrenta al reto de construir su herramienta debe de basarse en lo que los operarios anteriores ya han aprendido, esto se llama tradición, pero siempre teniendo en cuenta la adaptación y la innovación, lo contrario del inmovilismo. Como un cocinero mediocre que necesita tiempos y proporciones para reproducir una receta que nunca tendrá alma, el operario que copia “al pié de la letra” las instrucciones de otro operario no consigue otra cosa que construir la herramienta de ese otro operario. Y estamos de nuevo en el primer error.
Apuntado queda, aunque sea superficialmente, que tradición no es inmovilismo y que tradición no es un concepto contrario a innovación. La tradición es la preservación del conocimiento básico, no la incapacidad de adaptar ese conocimiento a las características cambiantes de la vida.
Dada la natural pereza del constructor, que existe, no hay error más difundido, ni más perdurable, que el de la herramienta universal, en términos actuales el corta y pega, ni más dañino, porque una piedra perfecta, un edificio bello y estable, nunca podrá salir de unos operarios que manejan herramientas imperfectas, de operarios que trabajan por rutina y no por conocimiento y dominio del método.
Yo me he declarado siempre fanático de Numerobis, el arquitecto de Cleopatra en “Asterix y Cleopatra”, no por la belleza de sus imposibles construcciones, no por la estabilidad de sus desestabilizados edificios, si no por su valentía para construir y aprender, para aprender y mejorar, para mejorar y transmitir. No hay nada más evolutivo que la imperfección absoluta, no hay nada más mejorable que lo que está mal, siempre y cuando se tenga la capacidad de reconocer la imperfección más allá del reconocimiento oral.
Siempre dije, sobre este simpático personaje, que dada su imposibilidad de trazar dos líneas paralelas sin duda fue él quien acabó descubriendo el triángulo, o al menos su utilidad arquitectónica. Posiblemente. Ni más ni menos que el triángulo.

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