La mala construcción (III), los planos


Hemos hablado de herramientas y hemos hablado de materiales, pero toda edificación requiere de algunos trabajos previos que han de ser realizados por los maestros. El primero es la realización de los planos que han de guiar la construcción. Hay que saber lo que se va a construir, con qué dimensiones y con qué fines. De nada sirve la pericia de los operarios, la excelencia de los materiales o la idoneidad de las herramientas si no existe un plan maestro que dirija y haga efectivos los esfuerzos individuales.
La primera dificultad para un trabajo de construcción es comprender que aunque el trabajo sea individual de cada operario ese trabajo es inútil si no tiene como objetivo encajar con el trabajo también individual que realizan los compañeros del taller, el fin último, la obra final a la que ese trabajo individual está destinado. Esa labor de encaje, de previsión de la necesidad, de aunar esfuerzos para obtener de varias obras una colectiva, es la que el maestro debe de plasmar perfectamente en los planos para que los capataces las transmitan y los obreros las ejecuten. Siempre ha sido la mejor manera de alcanzar un objetivo ser capaz de visualizarlo.
Mucho podemos hablar de los planos y de su necesidad, pero de lo primero que tenemos que hablar es de las virtudes que debe de tener para poder ser eficaz: Claridad, exactitud y minuciosidad. Y cuando hablamos de virtudes, objetivo, hablamos también de los defectos que su no cumplimiento conllevan, realidad.
La claridad del plano es una de las virtudes que, por evidente, menos se cumple.  El plano debe de ser claro y comprensible desde el mismo instante en que sale de las manos del maestro. Nada puede ser equívoco, nada puede estar borroso o borrado, todo tiene que invitar a ver la obra final sin que por ello se deje de ver una a una cada una de sus partes. Desgraciadamente es muy frecuente ver a maestros que nunca se han cuestionado para qué fin se construye el edificio, que tipo de operarios son necesarios o cual es la distribución idónea del trabajo. Hay maestros que cuando se les pide un plano lo confían todo a la capacidad de los capataces y a la evidencia de la obra a realizar. El plano que entregan, y que habla de su capacidad, no pasa de ser un esbozo con cuatro líneas perimetrales sin contenido, sin criterio en las cotas o simplemente sin cotas. La consecuencia es que se construye sin certeza, las piedras han de ser trabajadas varias veces antes de que sean descartadas definitivamente o finalmente encajen. Los capataces solo pueden lograr resultados intermedios, conseguir un resultado correcto en la parte del edificio que le haya sido asignado, pero, al igual que las piedras individualmente, las partes del edificio han de encajar finalmente para lograr solidez y armonía.
Exactitud, rigor en las dimensiones, en los ángulos. Cualquier inexactitud condicionará el resto de la construcción, si es leve, o simplemente abocará al edificio al fracaso más rotundo, porque desplazará a todas las piezas que a partir de ese encaje hayan de colocarse, porque sin exactitud en las medidas la solidez queda comprometida. El maestro nunca puede permitir que una piedra inexacta ocupe un lugar definitivo en la estructura a edificar, ni aunque sea una pieza ornamental. Lo correcto, y es evidente, es evaluar si la piedra errónea es aprovechable mediante un trabajo complementario, si es aprovechable mediante una reubicación y una reelaboración o si tiene que ser descartada definitivamente. Los errores más comunes y que señalan a un maestro sin cualidades, es intentar compensar con piedras sucesivas el error de la primera, lo que llevará a un desequilibrio global de la obra final, parcheada y recompuesta a partir de un error, o, si el error lo permite , simplemente ocultar el fallo mediante el uso de la llana en la confianza de que la estructura general soportará, encomendando a la tolerancia lo que debiera de ser estructura, el error sin menoscabar la solidez o la estanqueidad de la edificación. La falta de exactitud, la falta de rigor en el trabajo, suelen tener consecuencias que se agravan y salen a la luz con el paso del tiempo. Es, al final, el tiempo el máximo examinador de la obra y sus constructores. Puede que en algunos casos el defecto sobreviva al maestro, pero en otros su presencia se hará evidente incluso antes de que la construcción acabe y comprometerá su finalización.
Minuciosidad en el trabajo realizado, desde el cantero que corta la piedra al maestro que la ha ideado en el plano, pasando por el operario que la trabaja, el capataz que la ubica y le da el visto bueno. En una obra global todos los estamentos, todos sin falta, han de ser minuciosos con su trabajo y con el trabajo de aquellos que en un estadio anterior han trabajado. Todos han de tener la máxima exigencia con el trabajo propio y con todo aquel que afecta al propio. Es difícil enfrentarse a la soberbia propia, reconociendo con humildad un error cometido, pero no es más fácil corregir con inteligencia y ánimo constructivo los fallos ajenos. En una obra colectiva en la que el trabajo individual, pero estructurado, es la clave del éxito, todos tienen que trabajar con sumo mimo, con minuciosidad infinita, las cotas de su piedra y la relación con su entorno, porque de la capacidad de empatía con el entorno depende la belleza final. Uno de los grandes problemas en una construcción es que el operario, el capataz o el maestro, siendo excelente en su trabajo, sea incapaz de dirigir el ajeno, o simplemente, por un error de empatía, incapaz de corregir los fallos. Esta incapacidad para corregir por miedo a ofender o a ser ofendido acaba convirtiéndose en una lacra para el resultado final. Y si esa incapacidad es letal, no menos lo es la soberbia de no saber escuchar a los de rango inferior cuando hacen alguna indicación o dan algún consejo, considerando que la detentación de una responsabilidad es el ejercicio de un poder. La minuciosidad abarca a todos los ámbitos, al constructivo, al laboral e incluso al ético.
Suele ser un error muy habitual dejarse deslumbrar por la perfección de una piedra clave. Incluso su nombre invita a cometer el error. Pero apuntemos a una reflexión que no suele hacerse: No es la piedra clave la que soporta el arco, solo lo estabiliza. Si el arco, si las piedras de un arco no están perfectamente trabajadas y alineadas, por más que la piedra clave encaje, que ya es dudoso, el arco será inestable porque las fuerzas que tendrían que converger sobre ella van a trabajar sobre el punto débil de la construcción. La piedra clave no es el arco, el arco contiene a la piedra clave y piedras claves son todas y cada una de las piedras colocadas en él, con la claridad en su diseño, con la exactitud de su colocación y con la minuciosidad de su encaje en la obra general.

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