Masonería y nuevas tecnologías


Nunca ha sido fácil. Ser masón, intentar serlo desde las posiciones de compromiso con la logia y trabajo personal, nunca ha sido un camino de rosas, porque hay tal cantidad de aristas que pulir que siempre se te queda alguna fuera del espejo. Para eso está la logia, para enseñarte aquellas facetas de ti que no estás trabajando correctamente.
Pero una cosa es enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, acompañar y ser acompañado, que son, al fin y al cabo, las bases de una masonería en plenitud, y otra son ciertas actitudes que referenciando la fraternidad, la sinceridad, encubren con estos conceptos lo que son actitudes de ofensa y ataque a HH. desde una posición mesiánica digna de otro tipo de foros.
Es inevitable el ego. Tan inevitable como perversa y evitable debe de ser la falsa modestia en la que algunos refugian una soberbia incontenible. Pero precisamente por inevitable el ego debe de ser gestionado de tal forma que sin renunciar a él pueda servir a los que lo comparten.
Todas estas cuestiones ya apuntadas, y tantas otras con tantos matices, que no viene al caso enumerar, son parte del trabajo de todo aprendiz sea cual sea su grado o condición. Siempre ha sido complicado gestionar la convivencia, asumir la tolerancia, abrazar la fraternidad.
Pero si la convivencia en la logia siempre ha sido complicada ahora nos encontramos con que las fronteras se han expandido. Los HH. no siempre tienen cara, no siempre tienen voz, ni presencia física. Se ha empezado a crear una logia virtual y universal que la tecnología mete en nuestra casa, en nuestra vida y que no abre trabajos, ni los cierra. Está en sesión permanente. Las nuevas tecnologías no saben de horarios, de paredes, ni parecen saber de columnas o de ritos, pero, pese a quien pese, nos ponen  permanentemente a prueba.
Puede haber quien crea que se puede ser masón en la logia, en la obediencia y que una vez quitado el mandil todo vale. Hay quien pueda pensar que se puede asomar uno a las redes sociales y desbarrar, o abandonar las enseñanzas, que viene a ser lo mismo, porque existe una vida personal de la que no tiene que dar cuenta a nadie. Puede haberlo, pero para ellos yo solicitaría la intervención de sus vigilantes o, como tantas veces he apuntado, su inclusión en logias de reeducación. Eso o, en los casos más flagrantes, la comunicación de que se ha equivocado de lugar. Eso que se conoce como irradiación.
Es evidente que las redes sociales son capaces de sacar lo peor de cada uno. Es tan evidente que lo vivimos día a día. Ya no hace falta ni ordenador. Nuestro teléfono móvil  nos mantiene permanente conectados a foros, a hilos, a conversaciones y grupos que con vocación masónica nos invitan a aportar nuestras opiniones, a mostrar nuestras discrepancias, a exhibir nuestras plumas coloridas y nuestros abismos. Y no todos, en realidad demasiado pocos, son capaces de sustraerse al vértigo de la incontinencia, al alivio argumental del insulto o la descalificación ajena, al lamentable espectáculo de la falta de fraternidad y tolerancia.
Son muchas las actitudes anti masónicas que se detectan con poco que uno se asome a la masonería virtual. Son muchas las actitudes anti masónicas que se despliegan y en las que habría que intervenir con cierto rigor. Simplemente recordando a tantos y tantos hermanos que la confrontación, en masonería, no es una opción válida. Simplemente recordando a tantos hermanos que la falta de caridad hacia el prójimo, sea masón o no, no es una postura masónica. Recordando, si es necesario de forma machacona, que cuando alguien es iniciado nada de lo que hace, aunque sea en su perfil privado, en su vida particular, fuera de la logia, puede estar reñido con las enseñanzas, actitudes y compromisos adquiridos.
Parece habitual pensar que, al igual que pasa en la vida profana con los derechos que todo el mundo tiene y no le reconoce al prójimo, el librepensamiento es una barra libre en la que cada uno puede pensar lo que le parezca sin reconocerle esa misma potestad a los demás HH. Defensores de la radicalidad que defienden sus posturas sin la templanza mínima de tener en cuenta que el librepensamiento empieza por reconocer la duda permanente en los argumentos propios y la posibilidad de verdad en los ajenos. Lejos de ello es habitual encontrar intolerancia, prejuicios, insultos y descalificaciones en perfiles de personas que han sido iniciadas.
He hecho varias veces distinción, de forma intencionada, entre insulto y descalificación. No es en vano. Posiblemente haya quién estime que la diferencia es abismal, y quién considere que son equivalentes. Es difícil de evaluar. ¿Es peor que te llamen facha o que te llamen tibio?¿Es más ofensivo que te califiquen de machista por no alinearte con el feminismo radical o que te tilden de franquista por no comulgar con ciertas posiciones partidistas o ideológicas que te son ajenas? Para mí vienen a ser lo mismo, la negación de la libertad de pensamiento ajena que cuestiona directamente la posibilidad de libertad de pensamiento de quién las utiliza, para agredir al que piensa diferente. El librepensamiento son razones, son argumentos, son dudas y son silencios para escuchar al otro.
Hay otras actitudes extrañas para un masón que se dan con cierta frecuencia en los entornos tecnológicos. Algunas me recuerdan a una amiga a la que nunca hemos conseguido explicarle cual es la diferencia entre la sinceridad y la grosería. Han surgido, entre el independentismo, las elecciones, las cuentas pendientes, y no sé cuántas otras motivaciones, autores que con la excusa del librepensamiento, la libertad de expresión y la mal entendida fraternidad se consideran con barra libre de ataque a obediencias, a personas y a actitudes, demostrando hasta qué punto tienen las herramientas impecables por falta de tarea realizada. Personajes, que supongo personas, que únicamente se asoman a las redes para criticar, zaherir e intentar desprestigiar en nombre de una masonería que solo ellos parecen reconocer. Como aquellos nobles de la canción de Desde Santurce a Bilbao Blues Band que describía los excesos de todo tipo que ciertos personajes de alto rango cometían en una fiesta benéfica: “a beneficio de los huérfanos y los pobres de la capital”
Y no quiero acabar esta reflexión sin hacer hincapié en el anonimato. ¿Puede, debe, tiene derecho, un masón a sustentar y defender sus posiciones sin que los demás puedan identificarlo? ¿Es masónicamente correcto refugiarse en el anonimato para intervenir con otros HH? ¿Sería admisible en una logia, sabiendo que la virtual no lo es en rigor, un H. del que no se conociera su identidad y se refugiara tras una máscara o disfraz? Yo no voy a contestar.
Tal vez la única solución a todo lo aquí expuesto sea incorporar nuevas herramientas que abarquen el mundo de la tecnología y sus redes sociales. Tal vez, aunque no tengo muy claro si merece la pena crear nuevas herramientas simbólicas para su uso por parte de personas que no han sido ni siquiera capaces de utilizar las básicas de aprendiz que ya le fueron enseñadas. Reflexionemos.

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