Cuestión de número
Inmersos en el trabajo simbólico,
en el trabajo ritual, en el trabajo personal al que todos somos afectos,
solemos olvidar que hay una faceta fundamental en el desarrollo de esos
trabajos que tiene más de profano que de sagrado y que por ese motivo es poco
abordado en nuestras preferencias formativas, la parte administrativa, la
conformación de la logia y su entorno de trabajo, porque estas características
aparentemente externas también influyen en cómo se desarrollan las tenidas y tienen
consecuencias respecto a los métodos de trabajo.
El templo, el local de ágapes,
los reglamentos y el tamaño, en número de hermanos, son variables que
indefectiblemente condicionan la forma de desarrollarse de las tenidas y en la
forma en que la logia evoluciona.
Quisiera dedicar este trabajo a
reflexionar sobre una de esas variables, el tamaño. El número de HH que
componen un taller y las posturas que sobre este tema suelen mantenerse. Es
posible que esta variable no tenga tanta importancia en lugares donde existe
una afiliación abundante, pero se muestra fundamental en lugares, como es
nuestro caso, donde la afiliación es más escasa. Debo, por pura coherencia,
declarar mi posición: yo prefiero un taller grande, un taller fuerte, aunque no
excesivo, y me dispongo a razonar mi predisposición.
Suele decirse en el mundo
profano, ya como frase hecha y sin otro tipo de carga, que el tamaño no
importa, y en cualquier tema en el que la usemos se acaba demostrando que es
una aseveración interesada y poco cierta. Y por supuesto en masonería el
tamaño, el número de HH. que componen una logia, no solo importa si no que
determina de forma concluyente ciertos aspectos de los trabajos.
Para cualquier tema hay frases y
argumentos para decantarse por una postura u otra, pero en mi razonamiento hay
dos frases que determinan mi posición. Una es de Erich Fromm, la otra, más
festiva y directa, es el principio de
Peter.
Sostiene Fromm que no hay nada más pernicioso para una
sociedad, o grupo, que un hombre ordinario con poderes extraordinarios. El principio de Peter o principio de
incompetencia de Peter, enunciado por el doctor Laurence J. Peter en su libro
publicado en 1969, sostiene que:” en una jerarquía todo integrante tiende a
ascender hasta alcanzar su nivel de incompetencia”
El tamaño afecta directamente a
la calidad formativa y al juego de egos que desarrollan en una logia. Alguien,
seguramente con un criterio digno de mejores logros, estableció como sistema
conveniente para los talleres la rotación de los oficios. Este sistema ayudaba
al conocimiento del ritual por su puesta en práctica y a evitar la
preponderancia de unos HH. sobre otros o la discriminación en caso contrario. Reconociéndole
la bondad del planteamiento, este parte de un error fundamental, confundir la
igualdad con la equivalencia, y este error mina las logias y consigue el efecto
contrario al buscado.
En una logia pequeña, entre
veinte y treinta miembros, con una aceptación anual de tres o cuatro
aprendices, todas las expectativas apuntan a que todos ellos acabaran desempeñando
todos los oficios, incluso los de VV y el de VM.
¿Incluso? Si, incluso, porque
entre todos los oficios de la logia estos tienen unas características tan
particulares que son determinantes en el presente y el devenir de la logia.
Se dice en el mundo profano, y
entre columnas no es diferente, que para enseñar no basta con saber, que hay
que conocer la materia y saber transmitir el conocimiento. ¿Cuantos profesores
hemos tenido todos que se limitaban a recitarnos los textos de los libros, las
fórmulas, los hechos sin ponerles alma, sin acompañarlos de interés o de
pasión? Y lo único que lograron fue un rechazo inapelable de la materia que
pretendían enseñar. ¿Sucede lo mismo en nuestro ámbito? No, en nuestro ámbito
es peor. Y es peor porque se llega al oficio de Vigilante no por el
conocimiento, no por la capacidad, simplemente porque toca. Y si en el mundo
profano la materia se encuentra en los libros de texto en la masonería la
materia debe de buscarse en el fondo más íntimo de cada uno, y no siempre, en
realidad casi nunca, el que desarrolla el oficio tiene la cualidades y
capacidades necesarias para el desempeño del oficio.
La masonería no es historia de la
masonería. La masonería no es un compendio de frases hechas por más brillantes
que puedan parecer. La masonería no es aprenderse el ritual y saberlo de
memoria. La masonería no es lo que dijo alguien muy erudito en el pasado. La
masonería es pulsión y presente y todo lo anteriormente rechazado es
fundamental, correctamente utilizado, para despertar esa pulsión y para asentar
ese presente
No podemos decir que la masonería
existe porque existió, la masonería existe porque todos y cada uno de los
masones necesitamos que exista en este momento para nuestro propio provecho y
estamos dispuestos, firmemente dispuestos, a que ese provecho redunde en el
provecho de los otros y en la evolución de la orden hacia el futuro. A legar
nuestro trabajo por dos motivos fundamentales: porque si no hay trabajo no hay
masonería y porque una vez realizado un trabajo serio, real, compartido y
sincero, la masonería ya será diferente. Será diferente porque lo serán los
masones que la componen.
La masonería no resiste un aula.
La masonería no resiste un método o un plan educativo. La masonería no resiste
la mediocridad o la unidad de conocimiento. Cada masón encarna, debe de
encarnar, una masonería diferente, una oportunidad única, un engranaje
irrepetible que no siempre ha de funcionar en el mismo eje, ni el mismo plano,
ni siquiera en el mismo espacio. Cada masón necesita una atención diferente,
cada aprendiz una sensibilidad peculiar, personal, cada compañero un camino que
se abra a espacios diferentes a los ya hollados, y por eso el HV, ha de saber
encontrar esos espacios, esos mecanismos, esas necesidades individuales que solo
algunos son capaces de abrir.
Contra este argumento el sistema
de la rueda dice que todos somos iguales y que por tanto todos podemos
desempeñar todos los oficios. La práctica, el fracaso en la evolución de las
logias, el alto índice de abandono de los HH iniciados por desencanto,
demuestran que estas teorías son superables. Todos somos HH y todos somos
distintos y el bien de la masonería, como el de cualquier sistema humano,
implica que sean los realmente capacitados para una labor los que lo desempeñen,
porque la contrapartida es un fracaso inevitable, es la demostración palmaria y
real del principio de Peter.
Y cuando esa rueda llega al VM,
al responsable último de la logia durante un año, lo que se cumple es lo que
augura la frase de Fromm. Si, lo he oído argumentar, es durante un año y luego
se cambia, pero la práctica demuestra que el daño se suele perpetuar creando
intereses y proyectos que trascienden el año y que sumen a las logias en
periodos oscuros o en fracasos que abocan a un desastre.
Sí, yo prefiero una logia grande,
una logia en la que no todos se consideren con derecho, expresado o no, a
desempeñar todos los oficios, incluso los más significativos. Una logia en la
que los egos no se sientan heridos si no son capaces de ser elegidos para lo
que les corresponde por la ley de la rueda. En la que la rutina no suplante a
la capacidad, ni la falsa modestia a la humildad, ni la erudición al sentimiento, ni el
inmovilismo a la prudencia y ni la presencia al compromiso.
Una logia en la que todos los HH
tengan las mismas oportunidades pero eso no signifique que todos tengan las
mismas trayectorias, las mismas exigencias y las mismas expectativas.
Sí, prefiero una logia grande y a
ser posible, ya sé que es difícil, sin marionetistas ni marionetas.
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