El medio y el método
Hay muchas teorías que intentan
explicar que es la masonería, un montón de frases más o menos brillantes que
intentan captar en un golpe de ingenio ese concepto resbaladizo que distingue
la relación entre los masones. Y todas, las frases y las teorías, fracasan
porque la masonería es mucho más de lo que plantean y mucho menos de lo que
pretenden plasmar.
No, no es mi intención definir la
masonería, sacarme de un simbólico sombrero una perla dialéctica que pueda
pasear orgullosamente ante los demás. Tampoco es mi intención al escribir estas
líneas descubrir una verdad inalcanzable para todas las brillantes mentes que
han pertenecido, o pertenecen, a nuestra orden. No, solo pretendo, ahí es nada,
poner de manifiesto los continuos y groseros errores que cometemos en nuestro
enfoque de la masonería y que nos impiden a nosotros mismos disfrutar y
progresar en una tradición masónica, corrompida desde el mismo momento de
nuestra iniciación, que lastra nuestro trabajo y nuestra aportación a nuestros
HH.
La masonería es lo que es para
cada uno y nadie la verdad última sobre qué es la masonería, y nadie, ninguno,
sea cual sea su grado o condición, está en situación de otorgar a otro la
patente de ser masón.
Así que como consecuencia de esta
consideración surge una primera pregunta evidente ¿todos los seres humanos son
masones? Sí, en potencia sí. Todos los seres humanos trabajan en grupos,
empresas, pandillas, clubes, asociaciones varias y variopintas de intereses o
aficiones comunes, y una logia no es otra cosa que una asociación de seres
humanos con intereses comunes. ¿De intereses peculiares? No, no tanto, yo no
conozco a ningún ser humano que no esté convencido de que intenta ser mejor, ni
a ningún ser humano que no crea que participa en una obra colectiva. La
masonería se declara universal y lo es, lo es en tanto que todos los hombres
son masones en potencia y puede acoger a todos los hombres en sus filas, y en
cuanto que sus objetivos son universales.
Llegados a este punto cabe
preguntarse entonces que es lo que distingue a la masonería de todas las demás
instituciones, iniciáticas y no iniciáticas, que proliferan por el mundo. No
sus objetivos, ni sus miembros, lo que distingue, lo que debería distinguir, a
la masonería de cualquier otra institución son su método y su medio, su forma de
ponerlo en práctica. Debería decir también que sus logros, pero si eso fuera
cierto estas líneas jamás habrían sido escritas.
El método es indiscutible para el
objetivo a lograr, el simbolismo. Abrir la mente, obligarla a pensar, buscar el
significado personal de cada imagen, de cada palabra, de cada experiencia
diaria para lograr que el mundo tenga un significado más allá de la rutina
diaria. Lograr que todo aporte y nada lastre, lograr que la mente, despierta,
encuentre en cada instante de la vida un camino insospechado que seguir y que
nos haga más comúnmente diferentes. Un mundo en el que todos y cada uno seamos
una mente a aportar y no una rémora a superar, ni una ceguera que manipular. El
libre pensamiento, la capacidad de pensar libremente, de discrepar
razonadamente de cualquier verdad previa, de lograr una interpretación personal
de cualquier símbolo o representación simbólica que nos vayamos encontrando,
son los objetivos del masón. Lograr que cada mañana sea un símbolo que nos
explica el funcionamiento del Universo, lograr que cada palabra que
intercambiamos sea la oportunidad de iniciar un camino nunca recorrido, instalarse
en el permanente asombro de la contemplación de lo que fue, lo que pudo ser, lo
que es, lo que será, lo que podría ser y lo que nunca fue ni nunca será,
tratado como un todo que configura todos los caminos accesibles de la
existencia y son parte del universo, son los objetivos de este método.
Por eso, porque el método es
impecable si se entiende y se practica, habría motivos de alarma más que
suficientes cuando hay miembros empeñados en repetir frases ajenas y propias
sin fuste, en crear mantras que ocultan falta de compromiso, falta de trabajo,
falta de comprensión del método, que se ocultan tras brillanteces sin fondo, tras
ocurrencias sin reflexión, tras seguidismos permanentes y sin compromiso, que
confunden la tradición con el inmovilismo, y una incapacidad para entender el
verdadero objetivo que se pretende alcanzar.
Y suelen ser estos mismos
miembros los que acaban mostrando una dañina ambición por las distinciones, los
oropeles y las prebendas que suponen un lastre al trabajo sincero de aquellos
que intentan hacer la labor que el método exige. Suelen ser estos mismos
miembros los que con su necesidad de reconocimiento externo, con su
reconocimiento explícito de esa búsqueda desordenada de los metales que
arrastran, con su perversión del clima de las logias en su necesidad de
competir y superar, acaban con el entorno necesario para lograr los objetivos
convirtiendo una pelea interna en una lucha externa y, en muchos casos,
desesperanzada.
Desesperanzada porque en la
masonería conviven dos estructuras que en muchos casos no deberían ni de
rozarse, pero que desgraciadamente se interfieren y chocan. La administrativa,
que es el objetivo de medraje y reconocimiento de algunos, y la evolutiva, en
la que no hay otro reconocimiento que el propio. Y digo desesperanzada porque
la lucha de los falsos masones por conseguir esos reconocimientos
administrativos como única compensación posible a un desierto de logros
individuales, envenena la convivencia en los trabajos. Hace ya tiempo que
sugerí que se crearan logias administrativas en las que integrar a todos
aquellos que quieran ser masones de carrera. Fue entonces una irónica
ocurrencia, hoy estoy al borde del convencimiento.
Y si el método no falla, ¿falla
la práctica? Indudablemente sí. Falla la práctica, falla el medio, falla el
clima necesario para que los miembros de la masonería puedan poner en práctica
el método. Falla la fraternidad, y sin fraternidad no hay masonería. Sin
fraternidad no existe la vinculación emocional necesaria para que la
interacción entre los miembros de una logia alcance la brillantez de un trabajo
en libertad y confianza. Sin que la fraternidad presida una reunión la
presencia inevitable de los metales hace imposible que se alcance la comunión
exigida para que el método permita el desarrollo de todo su potencial.
¿Quién tiene la culpa de esto? La
ignorancia y la permisividad. La ignorancia en forma de amiguismo, de
seguidismo, de partidismo. La ignorancia que procede de una incorrecta,
administrativa, aplicación de la formación y el progreso en los grados que
lleva a confundir, en muchos casos de forma interesada, la vinculación
emocional provocada por la pertenencia con un seguidismo ciego que ciertos
soberbios personajes dentro de las logias aprovechan para revestirse de un halo
de culto al más sabio, al detentador de una verdad masónica revelada e
irrelevante, al gurú de conocimiento inalcanzable.
Y la permisividad, la incapacidad
de reaccionar ante estas prácticas. Confundir el rigor con falta de
fraternidad, permitir que se confunda la antigüedad con la sabiduría, no
impedir que se confunda la experiencia con el dominio del conocimiento, tolerar
que se explote la veteranía para imponer a los nuevos miembros caminos que nos
son los adecuados, formando al final una logia enferma en la que el
librepensamiento está castigado con la hostilidad y la marginación.
¿Y que es entonces la
fraternidad? Un vínculo que debe de sustentarse en una parte emocional y otra
racional en la proporción que cada individuo necesite, porque si solo existe la
parte emocional estaremos hablando de amistad, y de amiguismo, y si solo se
aplica la parte racional estaremos hablando de fidelidad, y de seguidismo o de
partidismo. La empatía, un cierto grado de aprecio, es imprescindible, pero no
es menos imprescindible el compromiso, una voluntad cierta de tolerar y ser
tolerable en no menor medida que ser inflexible cuando la situación lo demande.
Sabemos cómo se llama y sabemos
cuál es la consecuencia final deseable. Sabemos que en su seno no debe de
existir el enfrentamiento porque toda discrepancia debe de ser formulada y
recibida fraternalmente para evitar que sea un enfrentamiento, pero ¿Cómo se
alcanza?
Repasemos los cinco puntos en los
que se apoya la fraternidad. Claros, progresivos y difíciles de alcanzar sin un
trabajo intenso y consciente.
El primer punto es el saludo, ese
abrazo fraternal que debe de sentirse tanto en su ofrecimiento como en su
aceptación, ese toque firme que transmite el reconocimiento mutuo. Ahí deben de
residir la primera barrera y el primer síntoma, y ahí se suele dar la primera
permisividad de un mal funcionamiento. Si dos miembros de una logia se saludan
fríamente o con reparos, o no se saludan, algo en la fraternidad está ya roto.
El rigor exigiría que inmediatamente ambos fueran llamados a capítulo por el VM,
o por quien corresponda, y excluidos de los trabajos, ambos, hasta que
encuentren una solución o uno de ellos abandone la logia. Y ser inflexibles en
la solución, mediada o no. El gran problema en esta cuestión es el amiguismo
que impedirá en muchos casos aplicar con rigor la razón y la intermediación.
Otro error habitual es cerrar en falso, sin sinceridad, con una fórmula de
compromiso, un conflicto, lo que supondrá un aplazamiento a futuro del mismo y
un emponzoñamiento de las partes en disputa. Pasar la llana sobre un mal
construido muro es una forma de hacer una construcción endeble y viciada y una
apuesta segura de futuros problemas.
El segundo punto es apoyar al
otro en todas sus empresas legítimas. No de palabra, no proclamar a los cuatro
vientos el apoyo, si no apoyar sinceramente y con claridad una iniciativa o
aportación del otro. Hay quién se queda solo en lo positivo, y eso demuestra
hasta qué punto somos incapaces de entender la fraternidad, porque la única
forma de ser sincero es comprometerse con la misma determinación a comunicar al
otro nuestras dudas, nuestras renuencias o nuestras discrepancias con cualquier
proyecto que emprenda. Con rigor, con sinceridad y con capacidad de escuchar y
debatir. Solo quién es capaz de poner en cuestión con sinceridad puede ser
sincero en su apoyo, solo quien sabe corregir fraternalmente es capaz de asumir
fraternalmente una corrección.
El tercer punto es incluir al
Hermano en nuestras plegarias. Recordar al otro en el momento de intimidad en
el que repasando tu interior encuentras el momento para desear con sinceridad,
sin tapujos, sin concesiones a la galería, que todo sea positivo para todos los
miembros de tu fraternidad en la misma medida en que deseas que todo sea
positivo para ti, porque si hay algo no positivo en alguno de los demás tampoco
puede serlo plenamente en ti mismo. Y también aquí la permisividad tiene su
importancia, porque con nada somos tan permisivos como con nosotros mismos. Qué
fácil es justificar los propios errores, las propias envidias, los propios
desatinos, considerando el problema ajeno. La culpa siempre es de los otros, o
nuestra actuación desacertada es porque el otro se ha hecho merecedor de ella, “se
la ha buscado”. Siendo difícil de contemplar hay una máxima que puede aplicarse
con bastante acierto: “Si estás satisfecho de ti mismo es que no te has mirado
con suficiente rigor”.
El cuarto punto: guardar en lugar
seguro todos los secretos ajenos de los que seas depositario. No usar lo que fraternalmente conoces para atacar
al otro, no usar la confianza para tener una mayor capacidad de atacar,
recordando que si algo conoces confidencialmente y no te gusta tu obligación es
aplicar el segundo punto y solventar el conflicto de forma fraternal. Este
punto implica una inflexión en el funcionamiento de una logia, porque solo
desde la absoluta confianza de la confidencialidad de una logia el hermano
puede darse con la libertad total que el método masónico precisa para su
correcto funcionamiento. Nadie que recele del uso de su sinceridad puede
practicarla. Tal vez la permisividad observada en los puntos anteriores aquí ha
de ser intolerable. Aquel que abusa de la confianza de sus hermanos y la usa
para ir en su contra debería de ser automáticamente apartado de la orden, sin paliativos,
ya que no puede haber falta más grave, aunque sí agravantes.
El quinto, defender el honor de
tu hermano tanto en su ausencia como en su presencia. Y este punto es absoluto
porque el honor de tu hermano no es cuestionable ya que si lo fuera se habría
activado alguno de los puntos anteriores. Nada te exculpa de atacar o permitir
un ataque a otro hermano salvo que alguno de los puntos anteriores esté
activado. El honor, la fama de tus hermanos es la tuya propia, y sin embargo
presenciamos con cierta frecuencia la difusión de rumores, la puesta en marcha
de bulos, la decepcionante y permisiva radio macuto que cuenta y no para para
socavar lo que nos hemos juramentado para
proteger. Nuestros HH. son nuestro activo y sin embargo con excesiva
frecuencia los convertimos en nuestro pasivo. La profana costumbre de
personalizar los errores, preocupándonos más de identificar al que los comete que
de corregirlo fraternalmente o de cómo evitar que vuelvan a cometerse,
demuestra hasta qué punto nuestro compromiso con el honor fraterno dura lo que
tardamos en poner un nombre a una actitud errónea.
Tal vez el filtro más correcto
que aplicar en esta cuestión sean las tres preguntas de Sócrates, pero siendo
un buen filtro para que realmente fuera fraternal necesitaría una cuarta pregunta,
una pregunta sin la cual aunque las otras respuestas fueran positivas, la de la
bondad, la de la verdad y la de la utilidad,
no darían el resultado de una acción realmente fraternal. ¿Se lo has preguntado
antes al afectado? Porque si algo distingue a la fraternidad de cualquier otra
relación humana es la sinceridad, la capacidad de ser transparente y desde ella
exigir la transparencia ajena. Desgraciadamente la respuesta más frecuente a
esta pregunta es un no rotundo y perplejo porque se pueda ni siquiera pensar en
tal posibilidad.
Mención aparte, por su gravedad,
es la consideración que merecen los incumplimientos a estos puntos haciendo uso
de posiciones de preponderancia y confianza de los HH. de la orden. En estos
casos la aberración es doble y demuestra no solo desconocimiento de los fines
de la masonería si no una miseria moral difícil de justificar. En este caso la
permisividad se convierte en abuso y la única solución debe de ser radical e
inclemente. La cobardía, la soberbia y la ceguera ética que suponen tal
comportamiento hacen del individuo un incapaz fraternal.
¿Qué cuál es el problema? En
realidad los problemas, son casi todos emanados de la parte administrativa de
nuestras órdenes, desde una aplomación deficiente, siguiendo por una formación
impartida por personas sin capacidad de formar, al reparto de roles por antigüedad en vez de
por capacidad, pasando por los grados concedidos sin méritos reales,
administrativamente. Pero eso, con ser grave, es harina de otro costal y son temas ya abordados abordados en otros
trabajos.
He oído frases que mal usadas y analizadas
con cuidado ponen los pelos de punta. “La masonería se hace sacando brillo al
traje”, frase que confunde la asistencia con el compromiso. “Mis hermanos me
reconocen como tal”, excusando el trabajo interior por el reconocimiento
exterior. “Aquí venimos a ser felices”, obviando que el trabajo lleva a veces
aparejado el sufrimiento.
He visto utilizar las
herramientas de forma perversa. Por ejemplo pasar la llana para tapar cualquier
conflicto que pueda surgir, sin necesidad de resolverlo. Levantar el mallete
para tener sojuzgado, sometido, amenazado a un hermano desde una posición de
preponderancia. Claramente en estos casos la formación no ha hecho su labor.
Claramente la formación que hayan dado, o den, los que cometen tales fallos no
hará otra cosa que extender el error. Y el error se extiende.
¿Y la solución? La única que se
me ocurre es entender y practicar la fraternidad. La de verdad. Ahí es nada.
Ahí radica todo.
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