La mala construcción (II), los materiales
Cuando se afronta una
construcción operativa existe una fase previa que determina el resultado final,
la elección de los materiales, porque dependiendo de las calidades, dependiendo
de su capacidad para ser integrados depende el resultado final de la obra.
Parece ser que en la construcción
especulativa esta fase no solo no tiene la importancia que se le atribuye en la
operativa, es que de alguna manera es totalmente ignorada. Aunque los
mecanismos parecen existir se ningunean o se hacen tan poco rigurosamente que
poco pueden aportar al pretendido éxito de la edificación.
Solemos enumerar de carrerilla
las virtudes necesarias que ha de tener una construcción: Fuerza, belleza y
sabiduría. Sabiduría para llevar a cabo la obra, fuerza para conseguir hacer el
trabajo y dotarlo de estabilidad y belleza como la mayor aproximación a la
perfección que siempre se pretende.
Pero, ¿sabemos cómo practicar esas
virtudes? ¿Sabemos pasar de las palabras a los hechos? La tenacidad de los
materiales ante las adversidades, la tolerancia a las tensiones y a su
interacción con las demás partes del edificio son características sin las que
la construcción tiene pocas posibilidades de crecer con la fuerza que le permita alcanzar esa
estabilidad que la construcción demanda y los constructores deben de
procurarle.
Y si esto es claro en una obra
operativa, es aún más claro en una obra especulativa, porque si en la obra
operativa todas las piedras salen de la misma cantera, en una obra especulativa
cada piedra viene de su rincón de las vivencias.
Se supone, especulativamente
hablando, que hay una serie de pasos previos a la admisión de una nueva piedra
para el edificio, y si bien lo que es la representación de esa admisión se
cumple también es cierto que en muchos casos la falta de pericia de quién
examina la piedra, la falta de consciencia sobre las implicaciones de la
decisión, la ausencia de conocimiento sobre lo que busca, e, incluso, la falta de
medios para ahondar en la simple apariencia de la candidata suelen desembocar en
una elección inadecuada, en unos casos porque las características de la piedra
no son las idóneas para el trabajo a realizar, y en otros casos porque
simplemente la piedra se malea durante el trabajo.
Este último caso es el más
lamentable, ya que las canteras no son inagotables y una piedra maltratada
debería de poner en guardia al maestro de obras sobre una falta de pericia que
acaba afectando a todo el edificio, sobre todo cuando esa piedra, por unos
motivos o por otros, aunque todos equivocados, acaba siendo colocada sin medir las
consecuencias. Aunque tampoco es menor el perjuicio de desecharla y que su
propia existencia hable de la falta de pericia y de rigor de los artesanos que
la trabajaron.
Hay confusiones, la mayor parte
de las veces causadas por una falta de rigor en la formación, que hacen daño a
todas las partes, confusiones emanadas de equívocos y alteraciones de la
esencia del conocimiento.
Es indudable que para conseguir
la solidez buscada la primera característica de la piedra es la tenacidad
operativa, que especulativamente podríamos asociar al compromiso. Pero esa
evidencia se tuerce cuando confundimos operativamente la tenacidad con la
dureza, porque la dureza no elimina la fragilidad y una construcción realizada
con piedras duras pero frágiles acabará derrumbándose estrepitosamente. Y si
eso sucede operativamente sucede lo mismo al confundir especulativamente el compromiso con la
presencia, porque el compromiso obliga a hacer y la presencia simplemente a
estar. Desgraciadamente este muy extendido error se difunde más de lo
conveniente porque la simpleza del “basta con estar” elimina la obligación del
trabajo y el esfuerzo que supone trabajar.
Pero si importante es la
tenacidad no es menos importante la tolerancia, tanto operativa como
especulativa. Si la tolerancia operativa nos permite trabajar con unos márgenes
conocidos y calcular por tanto las cargas y esfuerzos, la especulativa nos
permite trabajar previendo la compatibilidad de elementos diferentes y su forma
de encajarlos, nos permite comprender el lugar de cada piedra y su capacidad
para las diferentes labores. Como siempre el problema viene cuando la
tolerancia se utiliza para encubrir dos defectos de construcción de
consecuencias incalculables: la permisividad y el buenismo, si hablamos
especulativamente. Una piedra que no encaja, un trabajo defectuosamente
realizado puede provocar el colapso total del edificio, por lo que es
imprescindible retirar esa piedra y eliminar sus imperfecciones, o descartarla
definitivamente si se comprueba que no tiene lugar. Desgraciadamente hay quién
piensa que basta tapar el defecto con la llana y seguir construyendo, por
ignorancia unas veces y por incapacidad en la mayor parte de las ocasiones, su
actitud compromete gravemente la estabilidad y esfuerzo de toda la
construcción.
Al final, como casi todo, el
problema parece partir de una concepción inadecuada de la formación y de una
transformación burocrática del ámbito especulativo. Conceptos como la rueda y
el tiempo dañan de forma grave el trabajo porque eliminan el concepto de mérito
en la evolución de los artesanos.
Los druidas se formaban durante
un periodo mínimo de diecisiete años para poder desempeñar sus funciones, es
triste comprobar como hay maestros constructores que si se examinan con cierta
profundidad desconocen elementalmente los materiales con los que han de trabajar
e incluso las técnicas correctas del uso de las herramientas o un mínimo
conocimiento de estructuras. Maestros que, tras un año de aprendices sin
aprender lo suficiente y un año de compañeros sin viajar a ninguna parte para
completar sus estudios, llegan a maestros sin los méritos mínimos necesarios
salvo el bagaje del tiempo transcurrido en su labor.
Llegar a maestro constructor
porque te toca y no porque tienes los conocimientos necesarios no lleva más que
a construcciones inestables y a un desperdicio sangrante y debilitante de
materiales y obreros que ninguna obra se puede permitir.
Convertir lo operativo en
especulativo fue una obra ingente e inteligente, convertir lo especulativo en
administrativo y burocrático es un esfuerzo mínimo y un error de dimensiones
incalculables.
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