La división
Me pongo a las letras después de
un tenso debate en las redes sociales, de un tenso y ficticio debate, un debate
entre supuestos masones algunos de los cuales reclamaban con aires matonistas,
como si de un ámbito tabernario se tratara, la superior masonidad de una orden sobre otra.
Masonidad, apuntaros el palabro,
capacidad de sentirse más masón que nadie.
Según los parámetros que se
utilicen la masonería se divide, se fracciona o se atomiza, cosa difícil de
creer en una regla que habla de universalidad y de fraternidad como valores
básicos. Pero si utilizamos la más benigna de las percepciones, se reconocen
habitualmente dos tipos de masones, los masones con mandil y los masones sin
mandil, siendo estos últimos aquellos que, exhibiendo un gran compromiso con nuestros
valores, con sus valores, nunca han sido iniciados.
Yo soy muy de esta idea. Estoy convencido
que el mundo está lleno de masones que nunca han pertenecido a ningún Oriente,
que nunca han sido iniciados, pero su capacidad de perfeccionamiento personal y
su vocación de compromiso con sus semejantes los hace acreedores al mandil de
la orden de los no iniciados.
Claro que el problema que
apuntaba al inicio nada tiene que ver con los apuntados, si no, más bien, con
un tercer tipo de individuos, véase con que contumacia evito llamarles masones,
que, iniciados y equipados de mandil, incluso llegando a VVMM, demuestran día a
día su incapacidad de conducirse como masones, incluso dentro de la relación
con sus pretendidos HH.
Parece ser que existe un empeño,
por parte de algunos, en reivindicar la verdadera masonería, algo así como el
elixir de la ortodoxia masónica, y su exclusiva residencia en una orden
determinada, lo que por ende nos lleva a suponer que los demás serán, o
seremos, algo así como masones de pacotilla. Puede ser, lo de masones de
pacotilla, digo, pero en mi escaso recorrido por la masonería, apenas trece
años, los masones de opereta que he conocido se han repartido por todas las
órdenes sin excepciones.
Existe un cierto tufillo
ideológico en estas actitudes, no de identidad ideológica, los he detectado
profundamente de derechas y furibundamente de izquierdas, si no en ese
planteamiento en el que su razón se sustenta, básicamente, en la
descalificación de todo aquel que no se identifica con sus planteamientos, lo
que, elevado a términos masónicos, y en estricta aplicación de la estadística,
significa que deja fuera de la masonería a más de la mitad de la población
mundial, para empezar y nada menos.
No puedo entender esa ferocidad
fraternal que en una institución de advocación universal empieza por limitar la
posibilidad de pertenecer a ella, sigue, en el templo del libre pensamiento,
por considerar que el único pensamiento libre es el que coincide con el suyo, y
en el ámbito de la búsqueda del conocimiento exhibe con orgullo un
desconocimiento interesado, acabando por elevar a categoría administrativa,
burocrática, lo que nunca ha dejado de ser otra cosa que un empeño personal,
individual, ético.
La verdadera masonería, si es que
aún existe, no se ampara en siglas, no se preserva en órdenes, no se esconde en
las reivindicaciones grandilocuentes de propensos a la descalificación ajena. La
verdadera masonería, si es que aún existe, está escondida debajo de algún
mandil de algún H. sin rango ni oropeles de alguna logia de cualquier Oriente,
sin importar a que orden, o desorden, pueda pertenecer esa logia. La verdadera
masonería, si es que aún existe, es una comunión íntima, un compromiso
personal, una vocación individual, un logro elemental cuya primera arista
pulida es no preocuparse de la piedra ajena más que para perfeccionar la
propia. Salvo que la piedra ajena en vez de en un banco de trabajo esté en una
honda que apunte a tu cabeza, que también las hay.
Que un término, “regular”, pueda
afectar hasta el punto de hacer perder la compostura a los que lo utilizan como
agresión, tanto sea a favor como en contra, demuestra hasta qué punto estamos
muy lejos de empezar a lograr algo positivo con nuestro trabajo. Que el término
“regular”, como argumento sea más usado por los que lo atacan que por los que
lo usan para atacar, indica que hay algún tipo de problema oculto, de
incomodidad personal, con el concepto.
Otra curiosidad sobre estos
pronunciamientos, que suelen indicar desconocimiento o mala intención, es la
del afán de nombrar a la parte por el todo. Parece ser que todos los masones
regulares, por el simple hecho de serlo, quedan definidos como machistas, ultra-religiosos
e intransigentes. Siendo llamativo que los que lo denuncian lo hacen con
absoluta intransigencia y posesión innegociable de la Verdad última.
Nunca se me ha ocurrido cuando me
presentan a alguien que me identifican como masón, preguntarle si es regular o
irregular, si es homosexual o heterosexual, si es religioso, agnóstico o ateo,
si es socialista o liberal. Me trae al pairo, solo me interesa cual es su grado
y con qué satisfacción lleva su pertenencia. Tampoco le pregunto, por motivos
evidentes, y no lo haría aunque no fuera tan evidente, si es hombre o mujer. Porque
lo importante de ser masón no es otra cosa que el compromiso con un método, con
unas reglas que aceptas, posiblemente no todas compartidas, y con la
transmisión por el ejemplo de una posibilidad cierta de superación personal.
Y el de la mujer es otro de los
argumentos arrojadizos. Parece ser que la masonería solo puede ser mixta o
femenina, porque la única que se cuestiona es la masculina. ¡Mira tú¡. Y si
algo me desconcierta, desde mi desconcierto general, es que en la mayor parte
de las ocasiones esa reivindicación femenina la hacen hombres que incurren, con
su actitud y sus palabras, en una suerte de machismo rancio y trasnochado.
Nunca he concebido a las mujeres
más que como mis iguales y, por tanto, jamás he considerado que ellas necesiten
de ningún “caballero” que salga a dar la cara por ellas. Creo a las mujeres
perfectamente capacitadas para reivindicarse por sí mismas, si es que lo
consideran necesario, si es que se encuentran el lugar y situación que las
motive a ello.
Me parece profundamente machista,
tan profundamente machista como feminista radical, reclamar que no puede haber
espacios exclusivamente masculinos al tiempo que se fomentan, o apoyan, o no se
critican, los exclusivamente femeninos. Otra cosa sería la intolerancia, pero
esa parece ser que está más en el lado que pretende denunciar.
Trabaje cada uno donde quiera,
como quiera, en el lugar que sus circunstancias, convicciones o devenires, le
haya situado y se sienta a gusto para realizar su trabajo. Preocúpese cada uno
de que su piedra está cada día un golpe más trabajada, y dejémonos de mirar
para la piedra de los de al lado.
Ya es suficientemente
desconcertante, casi doloroso, el que no seamos capaces de ser todos uno, como
parece que sucede, en nuestros trabajos como para encima fomentar, yo diría que
interesadamente, un enfrentamiento artificial entre hermanos que ni aporta, ni
construye, ni lleva a otro lugar que a crear una incomodidad en los pocos
lugares de libre convivencia que se nos permiten.
Y, para quién aún no me haya
entendido, métase cada uno, a la hora de hacer masonería, las siglas en el
rincón más profundo del bolsillo de su mandil, porque las siglas no son
herramientas de ningún grado en el que yo haya trabajado.
Totalmente de acuerdo, y muy agradecido por su nueva entrada, que una vez más aporta sentido común y equilibrio sobre los demasiado frecuentes enfrentamientos entre miembros de la Orden, entre las distintas o en las mismas Obediencias, enfrentamientos que se producen precisamente haciendo dejación, en los contenidos y en las formas, de los valores más genuinamente masónicos. Cada cual tiene su propia sensibilidad, su óptica y particularidades, por eso es bueno existan distintas opciones para el trabajo masónico, y que cada cual trate de vivir en paz la opción que considere más compatible con su visión del trabajo masónico para perfeccionar su piedra y contribuir así a la construcción del Templo, nuestra contribución por modesta que sea a una humanidad mejor. Es tan ambicioso e interminable tratar de sacar de nosotros la piedra cúbica (nuestro deber es edificar como si fuese piedra la arena, decía Borges), que tenemos bastante trabajo con ello sin tratar de echar una mano inoportuna a la del vecino.
ResponderEliminarFrat.·.