De masones, judíos y cucarachas
Una de las primeras, y más sistemáticas, obligaciones de un iniciado es hacer un balance sincero de sus trabajos pendientes. Y si la cumple con rigor, con afán de verdad, con honestidad, puede que llegue a darse cuenta de que muchos de los fallos que aprecia en los demás tienen su origen en él mismo.
Y empiezo haciendo esta puntualización después de
reflexionar sobre algunas voces que alertan de un repunte de la masofobia en la
sociedad y de asistir a un debate en redes de esos que le dejan a uno un
regustillo amargo.
Se supone que la masonería tiene una vocación universalista
que se plasma en la búsqueda de una sociedad mejor mediante la evolución ética
de sus miembros. Y digo se supone porque del dicho al hecho hay un buen trecho.
Un trecho imposible de recorrer si en vez de actuar lo habitual es quedarse en
las palabras.
No sé por qué será pero cada vez estoy más convencido que
todo aquello cuya base es la invocación universal, a nada que hurgues,
desprende un tufillo elitista que desmiente su propia, supuesta vocación. Y ese
tufillo, que en principio debería de ser simplemente preocupante, se convierte
en un hedor insoportable cuando la principal preocupación de sus miembros es
señalar quienes son y quienes no, quienes pueden ser y quienes no tienen ninguna oportunidad, dejando así al
descubierto una vocación de corralito exclusivo en el que no cabe ni un pequeño
porcentaje de la humanidad. ¿De qué universalidad hablamos entonces?
Recuerdo cierto relato de ciencia ficción de los años
sesenta en el que una nave israelí llegaba a un planeta de otra estrella y se
encontraba una raza inteligente; una raza de cucarachas inteligentes. Todo
discurría con una cierta placidez hasta que una delegación de esos habitantes
solicitaba ser reconocidos como judíos.
No voy a entrar aquí en los planteamientos éticos y
tradicionales que los protagonistas del relato desarrollaban, ni siquiera voy a
desvelar el final, pero sí que voy a extraer una pregunta que sirve para
plantearme la verdadera vocación universal
de cualquier organización o proyecto. ¿Puede considerarse universal
algo, sea movimiento, asociación, idea o planteamiento, cuya primera
preocupación es señalar a los que no pueden integrarse en ello?
Me temo que no. En realidad, tengo claro que no. Cualquier
vocación universal debe de partir de una globalización de sus miembros de la
que solo podría uno excluirse por voluntad propia. Lo contrario, lo que sucede
realmente con todos los movimientos universalistas, es que en realidad son
elitistas, lo más, lo más, con una cierta voluntad de proyección hacia los
demás, hacia unos demás que tampoco es que tengan un especial afán en ser
incluidos en nada que suponga compromiso, superación o conocimiento.
La masonería es vista con sospecha por una parte de la
sociedad que desconfía de su discreción, vulgo secretismo, del supuesto
elitismo de sus miembros y de los fines que persigue, fines que cada uno puede
moldear según sus deseos o necesidades. Al fin y al cabo atacar algo que
siempre está a la defensiva ya garantiza una cierta victoria.
Pero no toda la culpa de la visión deformada de la masonería
reside en los profanos. Desgraciadamente entre nosotros existen personas que al
revelar su condición de masón, en realidad de iniciado, asestan un golpe de
desprestigio a la institución.
Me contaba una amiga, y todos los protagonistas tienen
nombre y apellidos reconocibles, que sentía un profundo rechazo hacia la
masonería desde que cierta persona, coach por más señas, se vanagloriaba de su
condición de masón durante unos cursos en su empresa. Sus maneras, que ella
definía de inadecuadas, su forma de enfocar los temas, que ella consideraba una
exhibición de soberbia, y su forma de utilizar su pertenencia a la orden, que
ella definía como una coartada para imponer una superioridad que no se sostenía
en argumentos, llevó a mi amiga a hacerse una idea muy negativa de lo que era
un masón, y por ende de lo que era la masonería.
La irrupción de las ideologías en nuestros talleres, en
nuestros debates, que enconan las posiciones hasta límites que la fraternidad no
soporta, tampoco ha sido de mucha ayuda para poder prestigiarnos frente a la
sociedad, ni para defender la vocación universal de nuestro mensaje.
¿Qué sociedad mejor podemos pretender si la primera medida
es excluir de esa sociedad a más de la mitad de sus integrantes? ¿Qué sociedad
mejor podemos construir si la primera premisa es determinar que ideas son
válidas y cuáles no? ¿Qué mejora de la sociedad podemos invocar si nuestra
primera medida es acoger en ella solo a los buenos, a los afines, a los, para
algunos, válidos? A mí, estos planteamientos, me dan un cierto aroma a
sectarismo.
Resulta que para algunos solo se puede ser masón si se es de
izquierdas, para otros solo se puede ser masón si se es hombre, para otros solo
si se presenta uno a las puertas con los deberes ya hechos, para muchos, la
mayoría, solo si comulgan con su idea. Pobres cucarachas inteligentes si se les
llega a ocurrir pedir integrase en una Obediencia. Algunos les dirían que no
son hombres, otros les dirían que no son de izquierdas, otros les dirían que su
hábito de comer basura es incompatible con las buenas costumbres, otros les
dirían, con asco, con desprecio, que son cucarachas, unos seres inferiores y
que su mentalidad no casa con la masonería. Seguro que habría, incluso, quién
considerara inapropiada para la masonería su forma de vestir o la forma de
portar los distintivos, mandiles y medallas.
Claro que tampoco podemos pretender mucho más cuando entre
nosotros mismos imponemos las siglas a la fraternidad, lo que nos separa a lo
común, lo que nos enfrenta a la tolerancia, lo político a lo masónico, lo
visceral a lo reflexivo.
Viendo algunos debates, viendo algunas actitudes, viendo
ciertos alineamientos, yo ya no tengo claro si soy, o quiero ser, masón, judío
o cucaracha.
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